Islas, islas

By 6 junio, 2015Sin categoría

En homenaje a Grecia –cuna de la civilización europea, esplendor arqueológico al que sus acreedores hoy quieren reducirla- copio aquí una selección de poemas de mi libro Islas, islas escrito durante un viaje por las islas del Dodecaneso que realicé en el 2009. De Rodas hasta Patmos, desplazándome en todo tipo de embarcaciones por un mar Mediterráneo cargado de historia y evocaciones clásicas.

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Se supone que Ulises
tras saltar de isla en isla
logró alcanzar la suya en plena madurez.
Reencontrar a Penélope,
poniendo fin en Ítaca a aventuras y hazañas,
cíclopes, lestrigones
Calipsos y Nausicas,
mil historias que en casa
ir contando a la lumbre,
jubilado ya el héroe,
ya feliz en su hogar.

Hasta aquí llega el mito.
Así nació en la mente
de un viejo poeta ciego
tanto,
como para no ver
que la vida es prosaica
y los hombres que emprenden odiseas
en la vida
muy rara vez regresan,
quedan en el camino
aferrados a excusas y naufragios dudosos
a ninfas incorrectas,
a sirenas de paso
-y los que vuelven, callan
silencian su epopeya como un amor prohibido,
sin relato posible-

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(Tilos)

No sé por qué esta isla
me recuerda mi infancia,
un tiempo en que el verano
marcaba el calendario
imponiendo su lógica:
Las mañanas calientes
camino de la playa,
el mar como un oasis
de refrescantes aguas,
la arena incandescente,
el calor, la modorra,
el fluir de las horas
mirando un horizonte
igual que un libro abierto
de páginas en blanco
-sin fin,
como la vida-

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De Rodas a Nisiros,
la familia Spiliani transporta diariamente
pasajeros y carga
de una isla a otra isla.
Su barco no compite con los catamaranes
ni con los grandes ferries de la Blue Star Line
pero tiene un encanto
que ningún otro iguala:
Lento como el verano
nunca llega a su hora,
navega renqueante como chatarra aquea
y al atracar se gritan en la lengua de Ulises
el padre y los hermanos
juramentos sonoros
invocando a Atenea, a Poseidón, a Eolo
o mejor al dios Euro
que propicia turistas.

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(navegación nocturna)

Por la popa,
la luna.
Hacia babor, Turquía.
A estribor una inmensa oscuridad azul.
En cubierta,
viajeros que buscan un sentido
a sus vidas en tierra.
Quienes se equivocaron
o perdieron el rumbo
y quedaron varados
en deseos que no fueron.
Quienes vuelven a casa,
quienes van,
quienes vienen…
Y el barco que navega
indiferente a todo,
flotando como un sueño
que no termina nunca.

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Por la noche, los barcos
buscan compañía en puerto
y se abarloan la bordas
o se amarran al muelle,
calientes, pegajosos
igual que los amantes
sobre la tierra firme
se entregan en sus lechos
al juego del amor.
Los mástiles en alto,
graciosamente erectos,
el balanceo de cascos
unos contra los otros,
el tintineo de jarcias,
enceladas, felices
y el mar que les da cama
que mece la obra muerta
y envuelve sus caricias
entre sábanas húmedas.

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(Leros)

Como en la vida
hay islas que se pasan de largo.
Van quedándose atrás
como frutos prohibidos,
sin que sepamos nunca
lo que las diferencia,
su sabor, su textura,
lo que las hace únicas

– y por desconocidas,
las echamos de menos-

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(mare nostrum)

¿Se reconoce un mar?
No digo su contorno
ni el paisaje marítimo
ni el cielo que lo cubre
ni el color de sus olas.
¿Es la forma en que ruge
en las noches ventosas
o el modo en que susurra
cuando no hay brisa alguna?
¿Es su olor? ¿Es la sal?
Qué extraño que me bañe
en las islas de Grecia
y me recuerde niño
nadando en una playa
de las costas de Málaga.

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(viaje interior)

Más allá de sus playas
las islas son también
higueras y lentiscos
pistachos, alcaparras
euforbias, tamarindos,
algarrobos, tomillo
limoneros, almendros
acebuches y vides
cabras, gallinas, burros
las vistas sobre el mar
el paseo de la tarde
y las velas de cera
que vamos encendiendo
de una ermita a otra ermita
sin pedir más deseo
que no acabe el verano.

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Las olas traen recuerdos
de momentos vividos,
mensajes arrojados al mar
en el pasado
y que hablan de nosotros.
Nos cuentan lo que éramos,
los sueños que tuvimos,
lo que pudimos ser,
lo que nunca seremos
y al final sólo es agua
rompiendo en una playa
sin sentido ni poso
más allá de la espuma.

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La playa más bonita de la isla
es difícil de ver.
Hay que andar por caminos
que se pierden equívocos
entre espinos y enebros,
por senderos de cabras
y por acantilados,
preguntando a paisanos
que te dan pistas falsas,
que se encogen de hombros
o fingen que la ignoran,
ir y venir sin rumbo,
desesperar de hallarla,
saltar vallas de alambre,
sortear a los perros
y al final cuando llegas
casi siempre es de noche.

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(travesía)

Patmos, última escala.
Acabar el viaje donde se acaba el mundo,
donde ya no hay más islas
ni ninfas, ni poesía.
Terminar este libro
donde se escribió el libro.
Un final que estremece
como un apocalipsis.

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(peregrino)

He perdido la Fe
– y también la carrera contra el tiempo
y la vida
y perdí a mi familia
el trabajo, mi casa
y perdí la cabeza
y perdí tantas cosas
que al final sólo creo
que vivir es perder-

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(Patmos: Skala y Chora)

¡Qué diferente abajo
qué distinto aquí arriba!
En Skala
el bullicio de bares y cafés
dura casi hasta el alba
y a mediodía los yates
de la Gran Babilonia
se echan a navegar
sobre un mar de zafiro.

Mientras que en Chora
apenas
si se mueve una mosca
y no se escucha un ruido,
y los turistas andan
con paso sigiloso
por si rompen un sello
o despiertan a un ángel
y le da antes de tiempo
por tocar la trompeta.

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(regreso)

La lentitud del barco
vuelve lenta la vida.
Conforme pasa el tiempo
los pasajeros duermen
o resbalan la vista
por las hermosas islas
que antes les asombraran
y ahora son puro hastío.

El mareo va minando
su interés por las cosas.
Fuman cansinamente,
miran el horizonte
como si el mar no fuera
más que el tiempo que falta
y ya no una aventura.

Y en las largas escalas
en los puertos de paso
observan el trasiego
de mercancías y gentes
por la borda de popa,
ausentes como zombies,
como si no estuviesen.

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(Epharistós)

Cuando al fin despegamos
el avión sobrevuela
las islas una a una,
justo en la ruta exacta
que ayer mismo en un barco
por el mar recorrimos.
La extraña perspectiva
de verlas desde arriba
reduce su tamaño,
de pronto tan pequeñas
que parece imposible
haber cabido en ellas,
que los días y las noches
que nos dieron cobijo
no fuesen claustrofóbicos
en lugar de felices.

Y entonces me señalas
en un acantilado
dos sombras diminutas
a punto de saltar
como sobre un espejo
en el inmenso Egeo;

y por la ventanilla,
nos decimos adiós.

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