En Miami, durante un largo mes acompañando a mi hija Maya en su estreno como arquitecta de un estudio norteamericano, pasamos los primeros quince días en el downtown, desde donde le ayudaremos a encontrar casa. El campamento base es un apartamento Airbnb en una 16ª planta, rodeado de solares y grandes rascacielos en construcción, entre los que destaca, como la osamenta de una ballena, el de la malograda Zaha Hadid.  Rascacielos con apartamentos de lujo que superarán el millón o incluso los dos millones de dólares, dirigidos a potentados USA y especialmente a los latinos que aquí resguardan su dinero de los vaivenes en sus patrias. Tras la avanzadilla de los cubanos en los sesenta, hoy abundan  sobre todo los  venezolanos y también colombianos, argentinos, brasileños… y españoles, como la pareja con la que entramos, prácticamente recién llegados, a una casa de cambio: llevábamos unos modestos quinientos euros y ellos querían convertir en dólares 12.000 de una tacada. “¿Pasaporte?” les reclamó el cambista, bajo un cartel de la Aduana federal que lo exigía para operaciones  superiores a 1000. Pero no lo llevaban, ni tampoco la menor identificación y tras una consulta telefónica, salieron a la calle tan anónimos como llegaron y con su dinero cambiado. Laundry, una actividad típica de Miami, donde solo las lavanderías propiamente dichas, tan gringa la costumbre de compartirlas en cada edificio, son estrictas a rajatabla. Ninguna devuelve cambio y el uno setenta y cinco que cuesta un lavado hay que introducirlo en monedas de quarter, sin que admitan billetes ni tarjeta. Y para usar después la secadora se precisa un bolsón de monedas.

Agosto en Miami es temporada baja, debido al calor y a las lluvias frecuentes, pero sobre todo porque es en invierno cuando de verdad se cotiza su singularidad de paraíso cálido frente al frío generalizado. En agosto y  sin coche, además de en low season te sientes directamente low class. La ciudad ofrece transporte público gratuito, tan futurista como el metromover que funciona por raíles elevados y sin necesidad de conductor, pero sus habitantes tienen a gala no usarlo jamás. Tampoco caminan por las calles, con lo que nuestros paseos a conocer algún museo o a visitar sus barrios – “Miami son muchos Miamis”, presumen los lugareños de lo variado de su ciudad llena de islas y canales, vecindarios con sabor a los años dorados de Hollywood como Coral Gables o Coconut Grove, la avejentada Pequeña Habana o las nuevas burbujas inmobiliarias de Wynwood y Brickell– los hacemos solos o entre homeless. Vagabundos que aprovechan el transporte gratuito para refrescarse con el aire acondicionado, sin más ocupación que sacarles plata a los turistas. I was born in Alabama – nos explicó un mendigo negro, anciano y triste- and now I,am a homeless in Miami with only a dollar and a cigarrette”. Le dimos otro dólar porque cigarrillos no teníamos, recordando lo que veníamos de aprender en el museo de historia de Miami – una historia tan corta que apenas sobrepasa el siglo-: que bajo la apariencia cosmopolita de su capital, Florida es un Estado del sur, tan conservador y racista como Alabama o Georgia.

Nuestro condominio dispone, además de lavandería, de piscina, gimnasio y área de barbacoa, requisitos imprescindibles de todo condominio que se precie. Y en la piscina, echando mano de mi afición a  descifrar qué han sido y que acabarán siendo las ciudades, fantaseo sobre el futuro de este barrio en obras cuando la docena de rascacielos en construcción estén terminados, ofreciendo un nuevo skyline. ¿Habrá por fin tiendas y gente, en lugar de solares inhóspitos donde tan difícil resulta comprar pan o leche?  Seguramente cambiará de nombre, olvidando el antiguo Overtown con que era despreciado como un barrio de negros, pegadito al centro de Miami. “Comenzaron a echarlo abajo para hacer la autopista en los años sesenta – nos explicó el guía del museo de historia, blanco, joven y universitario-. “Antes de llamarse Overtown, se llamaba Colored town  y fue un lugar clave en la lucha contra la discriminación racial en Miami”. Las cosas han cambiado desde entonces y el escenario de aquellas luchas está ya definitivamente sepultado por las grúas y las excavadoras. Memoria de unos años sesenta en los aquí vinieron  Jimmy Hendrix o Cassius Clay, a tocar la guitarra y boxear, pero sin poder darse un baño en las playas o en las piscinas, exclusivas para los blancos.

Los latinos, para su fortuna, llegaron más tarde. “¿Latinos? ¿What the fuck does that mean? – nos camela en busca de propina un camarero portorriqueño- ¡El latín es una lengua muerta y nosotros hablamos una lengua viva! ¡We are spanish!”. Como en las calles de Miami, el español es el idioma que se escucha en nuestro edificio, en boca de chavales muy jóvenes que pregonan su latinidad con sus cortes de pelo, tatuajes y ropa muy ceñida, ellos vestidos de malotes y ellas tan perdidamente coquetas que no dejan de tirarse selfies incluso dentro de la piscina.  Después se tumban en las hamacas, con sus mínimos tangas y sus cuerpos mitad operados, mitad esculpidos en el gimnasio, a seguir intimando con sus iphones o a dormitar al sol como lagartos. ¿O debería decir iguanas?  Asombrados  e impresionados, asistimos al desfilar de los reptiles que camino del agua comienzan a descender de las palmeras. Tres iguanas de más de un metro de largo cada una, si contamos sus colas. ¿Morderán? Google nos responde que sí, pero únicamente si se sienten amenazadas. De momento, se las ve tan seguras del terreno que pisan como las ensimismadas bellezas latinas que nos acompañan en la piscina. “Las iguanas en Miami son una plaga- nos explicará más tarde nuestra nueva amiga Chimene, que nació en Georgia y vivió veinte años en Panamá- Allá al menos la población se mantiene controlada porque la gente se las come”. En Miami no dejan y los latinos las ignoran dada su falta de utilidad. Una renuncia insignificante frente a los sacrificios que impone el sueño de ser citizen.

!Por fin! Tras patearnos la ciudad con distintos realtors, comprobando lo caro que puede resultar alquilar en Miami, al fin hemos encontrado un hogar para Maya. Un pequeño apartamento en una casita art decò, lo más opuesto que pueda imaginarse a un rascacielos del downtown. !Nos mudamos a Miami Beach!

 

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